miércoles, junio 3, 2026
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    Hernán Lew – RETOS Y OPORTUNIDADES DE LOS DATOS EN RED

    Hernán Lew
    Adjunto de la Dirección de Estrategia Digital y Datos del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona y Coordinador de la red Únicas en SJD

    Este nuevo número de la revista NewsRare se adentra en el potencial de las plataformas de datos federados para transformar la atención y la investigación en enfermedades raras, siguiendo el camino que marcan iniciativas como la Red Únicas, que buscan compartir información entre profesionales y acercar el conocimiento allí donde estén los pacientes y sus familias. En este contexto, los datos en salud se convierten en una palanca esencial para mejorar el diagnóstico, el tratamiento y, sobre todo, la equidad entendida como el derecho de todas las personas con sospecha o diagnóstico de enfermedad rara a las mismas oportunidades de alcanzar el mayor nivel posible de bienestar. Al mismo tiempo, el dato es el punto de encuentro donde convergen profesionales, investigadores, pacientes y familias, ayudando a superar la fragmentación de la información y de los circuitos asistenciales que hoy limita ese acceso, sin olvidar que es un espacio lleno de retos humanos, tecnológicos, organizativos, éticos y legales que condicionan su verdadero aprovechamiento.
    Vivimos una explosión de datos en salud que ya no se limita a la historia clínica, sino que se entrelaza con la vida diaria, la tecnología y el contexto social, ampliando radicalmente qué entendemos por “información sanitaria”. Hoy convivimos con historias clínicas electrónicas, datos ómicos, biobancos, registros de enfermedades raras, información medioambiental y socioeconómica, además de flujos continuos procedentes de diferentes dispositivos o wearables, aplicaciones móviles o redes sociales. Ante este bosque denso de información, resulta imprescindible pensar desde el origen en su “consumo”: quién necesitará cada dato, con qué propósito asistencial o investigador y en qué momento del proceso de atención o de estudio, para que la abundancia se traduzca en verdadero valor.
    En paralelo, las capacidades tecnológicas han dado un salto que hace apenas unos años resultaba impensable en el campo de las enfermedades raras: hoy es posible generar, almacenar, depurar, analizar y explotar grandes volúmenes de datos clínicos y de investigación con niveles crecientes de interoperabilidad y seguridad. Sobre esta base se están desplegando ecosistemas de datos y arquitecturas federadas que permiten compartir algoritmos y conocimiento sin mover los datos sensibles, como ocurre en proyectos europeos de aprendizaje federado y en iniciativas como la Red Únicas. Pero estas infraestructuras solo tendrán sentido si se diseñan desde las necesidades reales de pacientes y profesionales, orientando la inversión hacia los usos que más impacto tengan en su vida cotidiana.
    Bajo la superficie de cualquier proyecto de medicina personalizada o de inteligencia artificial en enfermedades raras late un trabajo silencioso y exigente: asegurar que los datos sean veraces, consistentes y completos, porque solo a partir de datos de calidad pueden tomarse decisiones clínicas rigurosas y generar conocimiento fiable que realmente mejore la vida de los pacientes. Para lograrlo, resulta imprescindible hablar un mismo idioma disponiendo de catálogos únicos y actualizados de diagnósticos, procedimientos u otras entidades clínicas o sociales relevantes; mapeando terminologías distintas y aplicando guías de interoperabilidad consensuadas, que permitan que la orquesta suene verdaderamente afinada. Esta labor no es puntual, sino un proceso continuo desde el momento en que se registra la información hasta su uso asistencial o de investigación, sobre el que se apoyan los modelos analíticos y generativos en enfermedades raras.
    Pero no basta con incorporar nuevas tecnologías: cada herramienta supone un esfuerzo de aprendizaje, ajustes organizativos y una dimensión humana profunda en la manera de trabajar y coordinarse en torno al dato. Estamos pasando de un modelo reactivo, que analiza lo ocurrido a posteriori, a un enfoque más proactivo y predictivo que permite anticipar necesidades. Esta misma base de datos enriquecida permitirá afinar cómo usamos los recursos y desplegar nuevos modelos de atención, aprovechando la información acumulada en la práctica real para medir con mayor precisión el impacto presupuestario y capturar mejor el valor social y la equidad de las intervenciones.
    A medida que crecen los espacios de datos y las arquitecturas federadas, también se refuerza la necesidad de una mirada ético-legal sólida que acompañe este avance. Los nuevos reglamentos europeos sobre datos de salud (Espacio Europeo de Datos Sanitarios) y sobre Inteligencia Artificial (AI Act) buscan precisamente equilibrar innovación, seguridad y protección de la privacidad, algo especialmente sensible en el caso de las enfermedades raras. La gobernanza del dato se vuelve entonces pieza central: definir quién accede, para qué usos y bajo qué condiciones, evitando una burocracia paralizante, pero garantizando transparencia, trazabilidad y mecanismos de consentimiento dinámico donde pacientes y familias puedan decidir, revisar y revocar el uso de sus datos sobre plataformas robustas y seguras que sostengan la confianza colectiva.
    En definitiva, a pesar de los retos técnicos, organizativos y éticos que siguen presentes, este es un momento para el optimismo: Big Data, la inteligencia artificial y los nuevos espacios de datos ofrecen una oportunidad real para mejorar los procesos diagnósticos, los tratamientos y la atención integral de las personas con enfermedades raras. Para aprovecharla, resulta imprescindible una visión conjunta y coordinada entre administraciones, profesionales, academia, industria, asociaciones, cuidadores y pacientes, situando siempre al paciente en el centro. Solo así se podrán traducir estos avances tecnológicos en sistemas más justos, equitativos y humanos, donde los datos se conviertan en mejores decisiones y en una vida más digna y plena para quienes conviven con una enfermedad rara.

    Javier Padilla Bernáldez – Enfermedades raras y determinantes sociales de la salud: una agenda para la equidad

    Javier Padilla Bernáldez

    Secretario de Estado de Sanidad


    En el ámbito de la salud pública, cuando hablamos de determinantes sociales, habitualmente recurrimos a marcos teóricos que nos permiten entender cómo las circunstancias en las que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen, incluido el conjunto más amplio de fuerzas y sistemas que influyen sobre la vida cotidiana de las personas y en su estado de salud, y cómo funcionan las desigualdades en salud en la experiencia personal de los procesos de enfermedad. Para aterrizar estos marcos, además, se suelen utilizar como ejemplo las enfermedades con una alta prevalencia, como pueden ser las cardiovasculares, las respiratorias o los diferentes tipos de cáncer, para contextualizar cómo los determinantes influyen en los procesos de enfermedad.

    En el caso de las enfermedades raras, estamos ante un ejemplo claro de cómo desde lo concreto y la experiencia personal de las personas afectadas, sus familias y cuidadores, podemos trazar un marco para entender el papel que juegan los determinantes sociales de manera más específica. Aunque las enfermedades raras tengan una prevalencia menor en términos poblacionales, su abordaje puede beneficiarse de un enfoque de salud pública que permita enfocar las enfermedades raras y su atención de una manera integral.

    En España, alrededor de tres millones de personas padecen una enfermedad rara. Este término engloba un conjunto de entidades que, aunque presentan diferencias entre sí, comparten una serie de características: se trata de procesos crónicos, con un alto impacto funcional y una necesidad de cuidados sociosanitarios por la carga social, económica, laboral y sanitaria asociada.

    Las necesidades derivadas de padecer una enfermedad rara tienen un impacto diferencial en función de lascondiciones de vida de las personas que padecen estas enfermedades, pudiendo generarse desigualdades en los resultados en salud. Por ejemplo, en función de la clase social, la renta de las familias o el tipo de trabajo, la red de cuidados necesarios y la disponibilidad de tiempo para acompañar a las personas que padecen estas enfermedades puede suponer un mayor esfuerzo en determinadas familias.

    Un abordaje adecuado de estas enfermedades requiere disponer de las herramientas diagnósticas que permitan una adecuada identificación de la patología. Para ello estamos en el camino de que el cribado neonatal a nivel estatal cubra hasta 23 enfermedades congénitas, mejorando la cohesión de nuestro Sistema Nacional de Salud. Además, en los últimos cinco años se ha aumentado en un 18% el porcentaje de medicamentos huérfanos con financiación pública. La innovación y desarrollo en el ámbito de los medicamentos huérfanos requiere de una mirada integral a todo el proceso y que permita una interlocución fluida con todos los actores implicados. Este es uno de los objetivos principales de la Estrategia de la Industria Farmacéutica que contempla el ámbito de las enfermedades raras como una de sus prioridades en el cual hay que impulsar medidas para poder mejorar la innovación y el desarrollo de medicamentos y terapias avanzadas, siempre con una perspectiva de garantizar el acceso a toda persona que lo necesite.

    Debemos impulsar también la innovación en el ámbito de la atención sanitaria. Un ejemplo de esto es el proyecto ÚNICAS, impulsado por el Ministerio de Sanidad, cuyo objetivo es utilizar las ventajas de la digitalización para crear una red de centros sanitarios que permita el acceso a una atención especializada en el sistema sanitario, con independencia de la situación geográfica, además de fomentar el uso de datos con fines  de investigación, que permitan mejorar la atención
    sanitaria y promover la innovación.

    Sin embargo, cuando hablamos de enfermedades raras y determinantes sociales, necesitamos abordar también los cuidados sociosanitarios. Las personas con enfermedades raras requieren una atención sociosanitaria que vaya más allá del propio sistema sanitario, que englobe también a los servicios sociales, que se prolongue a lo largo de su vida y que esté afianzada en la comunidad en la que viven. Desde el refuerzo del abordaje sociosanitario a nivel comunitario es desde donde se puede mitigar el impacto de los determinantes sociales en las personas con enfermedades raras y mejorar la calidad de vida de las familias y cuidadores.

    Por último, necesitamos ampliar el foco desde lo sanitario e implementar políticas encaminadas a construir sociedades más sanas. Esto se denomina habitualmente como «salud en todas las políticas», es decir, tener en cuenta el impacto en la salud y en las desigualdades en salud a la hora de diseñar cualquier política pública. Reducir la desigualdad es clave para vivir en sociedades más sanas, también para las personas con enfermedades raras. Necesitamos impulsar políticas que faciliten la conciliación, que aumenten el tiempo libre de las personas y que sitúen los cuidados en el centro, mejorando las condiciones laborales de quienes se dedican al sector de los cuidados y de la sociedad en su conjunto.

    Analizar las enfermedades raras desde este prisma nos permite hablar desde innovación terapéutica hasta la conciliación pasando por la reorganización de los cuidados. Porque creemos que solo desde una mirada multisectorial que tenga en cuenta las condiciones de vida de las personas con enfermedades raras podremos implementar medidas que mejoren su calidad devida, la de sus familias y la de las personas que las cuidan. Una sociedad que prioriza los cuidados de las personas más vulnerables es una sociedad más justa, más democrática y, por tanto, más saludable para todos sus miembros.

    Terapias avanzadas y bioética: estar a la altura de la humanidad que nos define






    Editorial — newsRARE Vol 11 Núm 1


    Editorial

    Vol 11 · Núm 1 · Mayo 2026

    Terapias avanzadas y bioética: estar a la altura de la humanidad que nos define




    M.ª Carmen Massé García

    Directora del Máster Universitario en Bioética de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid

    La ciencia biomédica vive el mejor momento de la historia. Cada vez diagnosticamos más y mejor, con más y mejores tratamientos, más personalizados: terapias celulares, génicas, ingeniería de tejidos, edición genética, inmunoterapias y un largo etcétera. Al mismo tiempo, nuestras sociedades viven el mayor y más rápido proceso de envejecimiento con el aumento desmedido de las necesidades de salud que todo ello conlleva. Ambos factores nos conducen inevitablemente a un abrupto despertar del sueño de la inmortalidad posible: todo para todos y siempre no es económicamente posible porque, entre otros motivos, no es éticamente viable. Y las personas que padecen enfermedades raras son el rostro más visible de este gran desafío para la conciencia ética.

    El primer obstáculo por superar está en la investigación. Cuando los recursos son limitados, a menudo se prioriza la mejora en salud de muchos sobre la vida de pocos; el beneficio económico de los inversores sobre el bien para la humanidad que se deriva. Es el problema ético que precede a las propias terapias: el fin propio de la investigación dentro de un sistema económico que busca el beneficio. No es un conflicto ético de fácil solución, lo que sí parece claro es que pone en evidencia la calidad ética de todos.

    Una vez la investigación se ha puesto en marcha, encontramos otro escollo ético importante: cómo recabar sujetos de estudio cuyo consentimiento informado sea real, es decir, con información suficiente de unas terapias ciertamente complejas; con una voluntad firme y responsable cuando en muchos casos se desconocen los riesgos y beneficios a largo plazo; y con una libertad tal que no se vea comprometida con la propia situación de desesperanza. En esta ocasión, el obstáculo puede minimizarse con una comunicación adecuada, que sea ante todo suficiente, clara, transparente y honesta. Cuando la vida y la salud están en juego, es necesario garantizar la comprensión, la voluntad y la libertad. Es la base de la confianza en las personas y en el sistema.

    Las terapias avanzadas tienen un denominador común para todos: el elevado coste y la limitación de su disponibilidad derivada de la complejidad técnica. Es entonces cuando se ponen en cuestión la equidad en el acceso a unas terapias que, para muchas personas, pueden suponer un cambio sustancial en su salud, sus vidas y la de quienes les rodean. El acceso a estas terapias depende más del código postal que de las necesidades biomédicas de la persona. Es necesario que se impulsen políticas de financiación de estas terapias avanzadas, que las inversiones públicas y las instituciones sanitarias de gestión privada colaboren para que todos tengan acceso, para que la prescripción de un tratamiento o el acceso a una prueba diagnóstica solo dependa de datos clínicos y no económicos, geográficos, políticos o culturales. La salud no es un privilegio de algunos, es un derecho humano universal para todos.


    Pero los conflictos éticos no terminan aquí. La innovación en terapias avanzadas es prácticamente exponencial y su implementación genera importantes dudas en lo referente a seguridad a corto plazo y efectos no deseados a largo plazo. Ante cualquier conflicto en bioética, siempre prima la no maleficencia, la protección de los vulnerables ante cualquier amenaza que pueda dañar lo más valioso, sea su vida, su salud, su dignidad o su autonomía. Pero la velocidad de las investigaciones y la publicación de sus resultados hace que se tomen decisiones en un contexto de profunda incertidumbre. Y aquí no solo se juega la vida y la salud de algunos, se juega la confianza en el sistema sanitario de todos. Por ello, necesitamos mecanismos de seguimiento a largo plazo para proteger, aprender y mejorar con miras al cuidado de las generaciones futuras.

    Hace más de medio siglo, ante los desafíos derivados de la revolución biomédica del momento nació la disciplina bioética, como puente entre la ciencia y la conciencia, entre aquella generación y la nuestra. Y aquí estamos, con nuevos avances, pero con las mismas inquietudes. Ante las cuestiones derivadas de las terapias avanzadas en personas con enfermedades raras, la bioética de entonces, como ahora, tiene una respuesta en la investigación: anteponer la beneficencia y el cuidado obligado a los más vulnerables; respecto al consentimiento, fortalecer la confianza y la transparencia en la comunicación; frente a los elevados costes de estas terapias, priorizar la equidad frente a una equívoca igualdad que responde a los intereses de muchos frente a la vida y la salud de unos pocos; y, en lo referente a la seguridad, no debemos olvidar la no maleficencia de la que ya nos hablaba Hipócrates con su primum non nocere.

    Hace más de medio millón de años, nuestros antepasados homínidos cuidaron durante unos diez años a Benjamina, una niña Homo heidelbergensis que nació con craneosinostosis en Atapuerca. El cuidado de los más vulnerables nos define como humanidad y nos garantiza la supervivencia en esta tierra. Hoy, las posibilidades terapéuticas que ofrecen las terapias avanzadas son inimaginables, por lo que también el cuidado, la solidaridad y el compromiso de todos deben ser, si no proporcionales, al menos, estar a la altura de la humanidad que nos define.


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