José Carlos Bermejo Higuera
Director del Centro de Humanización de la Salud
Hablamos de humanizar, hacemos planes de humanización de la asistencia sanitaria, elaboramos estrategias para humanizar. ¡Qué buena noticia! Quizás pensamos en cosas diferentes, quizás matizamos mucho y queremos evocar el humanismo ante algunas resistencias al término… Confieso que cada vez siento mayor incomodidad al constatar que algunos tienden a equiparar la humanización solo con el trato cálido, acogedor, en las relaciones asistenciales.
Sea como fuere, hablar de humanización es comprometedor: reclama la dignidad intrínseca de todo ser humano y los derechos que de ella se derivan, también para quienes sufren una enfermedad rara.
En proceso de humanización
Fácilmente se tiende a describir el fenómeno de la deshumanización de la práctica sanitaria asociado al desarrollo tecnológico y a la despersonalización. Si por un lado parece fácil adherirse a la lamentación por este proceso, no parece tan fácil, por otro lado, definir, aclarar, y profundizar sobre el significado de una seria humanización del mundo de la salud, que es el problema bioético fundamental.
A mi juicio, vivimos en una sociedad más humana respecto a la del pasado. Vivimos en un momento de la historia en el que la dignidad de la vida humana está más considerada, a la vez que grandemente violada.
El Diccionario del uso del español de María Moliner dice que humanizar es una palabra moderna que ha sustituido a humanar, es recogido como: “Hacer una cosa más humana, menos cruel, menos dura para los hombres”. Hablar de humanizar algunos ambientes supone partir de una idea: ¿cómo debería vivir el ser humano para realizarse plenamente como tal? Unos y otros, todos.
Humanizar una realidad significa hacerla digna de la persona humana, es decir, coherente con los valores que percibe como peculiares e inalienables, hacerla coherente con lo que permite dar un significado a la existencia humana, todo lo que le permite ser verdadera persona.
Hablar de humanización reclama la dignidad intrínseca de todo ser humano y los derechos que de ella se derivan, también para quienes sufren una enfermedad rara
Ser rico en humanidad consiste en restituir la plena dignidad y la igualdad de derechos a cualquier persona que se vea en dificultades y no pueda participar plenamente en la vida social. La riqueza de humanidad es un compromiso con las capas débiles y los sujetos frágiles, que finalmente configura la propia personalidad. Quien tiene la cualidad de la humanidad mira, siente, ama y sueña de una manera especial. La riqueza de humanidad transforma y cualifica la propia sensibilidad personal: no mira para poseer, sino para compartir la mirada; y, en lugar de creer que el individualismo posesivo es la última palabra, piensa que solo la sociedad cooperativa, convivencial y participativa es digna de ser deseada. Por eso, humanizar no puede agotarse en el humanismo como evocador de la autonomía del ser humano.
Humanizar: un desafío ético
La conocida segunda formulación del principio categórico de Kant es evocada como “principio de humanidad”. Dice así: “Obra como si la máxima de tu acción debiera convertirse, por tu voluntad, en ley universal de la naturaleza”.
La preocupación por el otro vulnerable constituye la fuerza motora de la humanización. Ya no solo es ocuparse de él aquí y ahora, sino anticipar esta ocupación, pensar en él, prever sus necesidades; en definitiva, ocuparse con antelación y esto es, precisamente, preocuparse. Esta preocupación por el otro puede articularse de una doble manera: el cuidado competente y el cuidado personal.
En los ambientes de salud se habla más humanamente del hombre cuando los cuidados suministrados, a todos los niveles, revelan a las personas devastadas por la enfermedad física o mental, la palabra fundamental que pueda pronunciarse: “Tú eres una persona”. Decir esta palabra que “humaniza”, que da “significado” a un ser fácilmente condenado a la insignificancia, compromete a la comunidad no solo a nivel teórico, sino también y en primer lugar a nivel de las actitudes de fondo.
La humanización por introducir en la práctica sanitaria es más radical que la simple recuperación de los aspectos filantrópicos que hay que tener en cuenta, o que la cualificación de las relaciones profesionales, va más allá de la competencia profesional en la relación con el enfermo y la familia.
Un primer aspecto humanizador de la salud se centra en el respeto a la unicidad de cada persona. Cada persona es irrepetible, no puede ser generalizada, y responde con un estilo propio a las crisis de la vida. El peligro es que todo el tiempo sea absorbido por la enfermedad y que no quede nada para las personas. En segundo lugar, el contacto debe intentar reconocer el protagonismo de los pacientes y familiares en los procesos de salud. Para convertirse en protagonista, el enfermo debe ser ayudado a comprender su situación con una información clara y precisa. Además, para poder asumir responsabilidades, el enfermo tiene derecho a conocer las opciones terapéuticas disponibles; de lo contrario, solo desempeñará un papel pasivo de dependencia.
La calidad de vida nos hace referir la vida, verla de manera comparativa consigo misma en otras circunstancias o con otros. Por eso, humanizar las relaciones es parte del principio de responsabilidad ética del ser humano.
La responsabilidad ha de extenderse a todos los seres humanos porque, hemos de decirlo, también, los más débiles tienen el peligro de plegarse ante las dinámicas perversas que los esclavizan o que los hacen objetos, en lugar de sujetos, de su propia historia. Los frágiles, los enfermos, los pobres, deben pasar de la resignación y pasividad a la confianza en sí mismos y a la colaboración solidaria en el camino a la salud. El individualismo puede ser también en ellos el peor enemigo para su sanación. Todos los hombres y mujeres, todos los pueblos, sanos y enfermos, incluidos los más débiles, tienen derecho a ser sujetos activos y responsables en el desarrollo de sí mismos y de la creación entera.
Humanizar la vida cuando esta se presenta en situaciones de precariedad significa, ante todo, comprometerse por erradicar las injusticias, sus causas y sus consecuencias, las condiciones no saludables (en cualquiera de las dimensiones de la persona), responsabilizándose al máximo de la propia historia y de la de los semejantes.
Para poder asumir responsabilidades, el enfermo tiene derecho a conocer las opciones terapéuticas disponibles; de lo contrario, solo desempeñará un papel pasivo de dependencia
En el mundo de la salud, donde nos encontramos con la dignidad humana que nos interpela presentándosenos vulnerable y precaria, la humanización consistirá en promover al máximo la responsabilidad en los procesos de salud, evitando que las relaciones de ayuda se conviertan en intervenciones paternalistas y sustitutorias allí donde la responsabilidad del individuo pueda participar, en mayor o menor medida, en la lucha por la dignidad no solo como algo debido, sino también como algo conquistado.
De ahí que haya tantas situaciones que denunciar y que interpelan las relaciones interpersonales en la práctica sanitaria necesitada de humanización; no solo en clave de cordialidad y ternura, sino en clave de verdadero respeto de los derechos de todos los seres humanos en virtud de su dignidad. Hablar de humanización es también hablar de derechos. Sin duda, también el derecho a una relación de ayuda adecuada a la situación de cada uno.
Quizás sea esta la tarea fundamental del hombre. La de tender hacia ser realmente persona, persona en relación, capaz de encontrarse con los demás en la vulnerabilidad y acompañarlos a ser personas también en medio de la “estación oscura de la vida”.



También necesitan espacios adaptados, cuántas veces escuchamos a pacientes de nuestra comunidad o de otras comunidades que no pueden realizar sus actividades cotidianas, como ir a la universidad, como ir a sus centros de trabajo, porque no hay espacios adaptados y se ponen barreras. Hay universidades que no disponen de medios para que los alumnos vayan a sus clases en sus sillas de ruedas, con todo el esfuerzo que esto supone. Esto es un resumen de lo que son sus necesidades y cómo gran parte no están cubiertas.
FundAME impulsa la investigación a través del desarrollo de proyectos propios y del apoyo a terceros, generando conocimiento y financiándolo tanto a nivel nacional como internacional. Cabe destacar la Convocatoria de Investigación de SMA Europe, en la que colaboramos con otras organizaciones de pacientes europeas para seleccionar y financiar los proyectos de investigación más relevantes. También haría énfasis en el Registro Nacional de Pacientes AME de FundAME, una herramienta fundamental para entender mejor la enfermedad, su evolución y las variables que realmente mejoran la calidad de vida de los pacientes. La Agencia Europea del Medicamento (EMA seleccionó a RegístrAME como uno de los mejores registros de pacientes AME a nivel europeo, invitándonos a participar en un estudio internacional de gran impacto sobre la patología.
A mí el diagnóstico me supuso alegría y un alivio porque, tras 26 años luchando y batallando junto con mis padres por la infinidad de problemas de salud que siempre he tenido, por fin pudimos poner nombre a lo que me estaba pasando, pese a que desconocía aquello que me decían.
La vasculitis puede ser agotadora y causar estrés, ansiedad y depresión, incluso un sentimiento de aislamiento. Otro desafío es el diagnóstico, que puede ser difícil y llevar tiempo hasta que los pacientes somos informados. Durante ese tiempo de incertidumbre y falta de información, sufrimos cambios físicos que a veces nos provocan molestias afectando a las relaciones personales y sociales por la dificultad de explicar nuestra enfermedad.
Mi personalidad optimista y la ausencia de dolor físico derivado de mi tumor han contribuido a que pueda llevar una vida relativamente normal. Además, siempre he confiado en la sabiduría y el juicio de los profesionales médicos que me han atendido. La primera médica que me diagnosticó me aseguró que teníamos los medios necesarios para combatir la enfermedad, lo cual me infundió confianza y optimismo.
Es cierto que la experiencia del diagnóstico inicial puede generar una oleada de preocupación y ansiedad, y que el proceso de aceptación y adaptación puede ser complejo. Afortunadamente, mi experiencia positiva con la radioterapia y el seguimiento regular de revisiones posteriores cada tres o seis meses me han brindado un sentido de estabilidad y seguridad en mi tratamiento. Sin embargo, reconozco que algunas personas pueden encontrar más difícil manejar los aspectos psicológicos de vivir con un diagnóstico de cáncer y que el apoyo profesional en este ámbito podría ser beneficioso para mejorar su bienestar emocional y su calidad de vida.
Pese al incremento de nuevos medicamentos destinados a enfermedades raras, sigue habiendo muchas patologías sin un tratamiento o bien sin un tratamiento curativo. ¿Es la terapia génica la esperanza para estos pacientes? ¿Se están haciendo ensayos clínicos de terapia génica para enfermedades raras o se seguirán destinando a enfermedades más prevalentes como ha sucedido con la mayoría de los medicamentos aprobados hasta ahora? Esta es la pregunta que se han hecho los autores de este artículo. Para ello han usado las bases de datos de EudraCT, GENOTRIAL y ClinicalTrials.gov, siendo esta última la que más se usa en el ámbito de la farmacia hospitalaria para conocer los últimos ensayos clínicos que están realizándose por lo que la selección ha sido la correcta. En las tres bases de datos se buscó usando como criterios de búsqueda “enfermedades raras” y “terapia génica”. Es posible que haya algún sesgo en la búsqueda porque no todos los ensayos puede que estén bien etiquetados como terapia génica o bien la patología esté clasificada como enfermedad rara. Pese a este sesgo, entiendo que la mayoría de los ensayos clínicos deben estar bien clasificados al menos desde la perspectiva de que están destinados a una EERR.






